Régimen de Participación Laboral en las Ganancias

CONVENIO COLECTIVO DE TRABAJO 528/08

jueves, 12 de marzo de 2009

LOS TRAIDORES Y LA ACEPTACIÓN SOCIAL

EL GATILLO FACIL, LOS TRAIDORES Y LA ACEPTACIÓN SOCIAL

Por Juan Manuel Rapacioli

Cuando un funcionario policial toma su arma, se vuelve contra la población y le arrebata la vida a un inocente, la sociedad a través de los medios reclama indignada “gatillo fácil” ante tamaña injusticia. Obvio, el arma es entregada por el Estado, ergo nosotros, ya que es el Estado, con el monopolio de la fuerza, el que otorga discrecionalmente las armas para la defensa y la seguridad. Los funcionarios puestos por quien fuera elegido bajan el mandato. No hay dudas al respecto. El policía no puede argumentar que cambió de criterio, que cree que el uso del arma es para otra cosa o que los avatares sociales modificaron su sentir y decidió matar a un inocente.

La sociedad no soportaría estos burdos argumentos, los medios no respaldarían estas posturas. No hay dudas, es lineal, es vertical. Es.

En el campo político todo es más difuso o al menos intentan confundirnos, no sin éxito, de algunas sinrazones esgrimidas con mesura y formato adecuado en lo político y periodístico, estudiadamente correcto.

Que el pueblo se exprese por las urnas, que los elegidos ocupen las responsabilidades del Estado (que somos todos), que dichas responsabilidades sean derivadas a quienes ellos eligen para cumplir el mandato, es también sencillo y lineal.

Ahora, si a mitad del camino, o mejor dicho al principio del mismo, quienes obtuvieron las armas que la democracia les dio, que el mandato popular dignificó en un momento y con vergonzante sinrazones, no sin éxito, esgrimen un cambio de criterio, que el uso del mandato popular es para otra cosa o que los avatares sociales modificaron su sentir, ahí las justificaciones estudiadamente mesuradas, política y periodísticamente correctas, se enseñorean sobre cualquier dificultad lineal.

El permanente horadar multimedial hace de la traición al mandato popular una curiosa virtud y así nuestra demasiada permeable sociedad, hace de los defeccionadores, señores atildados dispuestos a perpetuidad, a satisfacer las bondades de la acumulación de la riqueza de los grupos, enemigos del reparto equitativo, hombres y mujeres, que de la traición han hecho un oficio y una carrera.

A nadie se le ocurriría, volviendo al policía del principio, aquel de gatillo fácil, darle más armas, alentarlo en su accionar, vitorearlo a su paso criminal.

En lo político, sucede exactamente lo contrario, es de señalar que aquel custodio del orden que dejó o le quitaron las armas, y se dedicó con pasión a la vida delictual, hará su camino al margen de la sociedad.

Ahora, a aquellos que armó la democracia con mandato social, no abandonan sus lugares ni sus armas, sean una vicepresidencia, una diputación en primer término por la Provincia de Buenos Aires u otra diputación en segundo término por la misma provincia, y desde ahí tiran contra el pueblo que les dio estas herramientas o estas armas, tiran a mansalva aplaudidos y alentados, asesinando esperanzas, credibilidad, proyectos y deseos de una sociedad más justa, que se aleja con cada traidor.

La simplicidad de la respuesta a la diferenciación entre el verticalismo policial y la “dinámica” de la política es de claro orden superficial. Pero aún eso no deja de ser cierto y ante esto debo recordar que entre la clase de los traidores también está la proliferación de vigilantes.

Roma no paga traidores. Los grupos concentrados del Poder, sí.

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